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Shangor

Shangor estudia con sospecha la oscura jungla que se abre ante él. Habiendo nacido en los bosques del salvaje norte, suele encontrarse como en casa en este entorno, pero hay algo extraño en esos árboles desconocidos, asfixiados por las plantas trepadoras. Un fuerte olor a descomposición llega hasta su nariz…. algo que le hace pensar en un mal antiguo y tenaz. Nota como se le pone la carne de gallina, como si ojos invisibles le examinasen. De forma instintiva, su mano acaricia la empuñadura del hacha. El contacto con la madera, bien pulida por el uso, permite al enorme bárbaro recuperar la calma.

Se agacha para examinar las huellas en el barro. Cinco hombres, como mínimo, pasaron por aquí, arrastrando con ellos a Korala, la hija del maestre caravanero, a quien secuestraron hace varias horas.

Las huellas de sus pies descalzos son notablemente más pequeñas que las de un hombre adulto y crecido.

¡Pigmeos! —maldice Shangor, pensando en las historias que ha oído sobre estos crueles y huidizos salvajes. Historias sobre silenciosas cerbatanas cargadas con dardos ponzoñosos prometiendo una muerte dolorosa y doncellas secuestradas para sacrificarlas a dioses bestiales. Aun así, la belleza de Korala –y el oro de su padre– es suficiente para hacer a un lado sus preocupaciones.

Avanza siguiendo las huellas y no tarda mucho en percibir un sonido bajo y atronador: ¡los tambores del sacrificio! No están muy lejos. Su agudo oído le conduce certero hacia ellos, hasta llegar a lo que parecen unas imponentes y extrañas ruinas de enorme tamaño.

Desaparecen todas sus dudas. Shangor de inmediato libera su hacha mientras una mueca macabra asoma a sus labios. Como siempre, pensamiento y acción son una única cosa y lo mismo en su mente bárbara e incivilizada.

La luz de la luna ilumina sus masivos músculos cuando, vestido solo con un taparrabos, abandona la oscura jungla, acechando tan silencioso como el leopardo….

de la Guía del Jugador de Bestias y Bárbaros, edición de acero.
Próximamente…